Por fin lo tenía donde siempre había querido: vencido, ensangrentado y justo delante del cañón de su revólver. Al hombre que había causado la muerte de su hija (y de muchos jóvenes más de la ciudad y alrededores) le quedaban ya pocos segundos de vida. Todo había empezado un año atrás, cuando alguien puso droga en la bebida de su hija Valentina en una discoteca. Desde entonces, Valentina había hecho de todo para conseguir dinero para comprar droga. Había dejado los estudios, había robado dinero en casa, había vendido sus objetos de valor e incluso se había prostituido. Todo para poder comprar una dosis más. Todo para poder volverse a colocar. Hasta que un día su corazón dijo basta y se paró para siempre. La vida en casa de los Herrera había sido un infierno ese año: lloros, gritos, discusiones. Mucho amor escondido detrás de malas caras, insultos y agresiones de todo tipo. Cuando Valentina murió, José se prometió que esto no iba a acabar así y que la gente que había metido a su hija en esta rueda de destrucción no se saldrían con la suya una vez más. Si no podía salvar a su hija, al menos intentaría salvar a otros jóvenes.

Primero intentó ir a la policía pero no sirvió de nada. Tenían decenas de casos como el suyo y poco interés en investigar. Demasiados trapos sucios escondidos debajo de sobres llenos de dinero, favores y vacaciones pagadas en sitios caros. Así que decidió ir por su cuenta y empezó a investigar. María, su mujer, se lo intentó quitar de la cabeza en multitud de ocasiones pero no hubo manera de convencerlo. Encontraría a los asesinos de su hija. Al final María acabó dándole un ultimátum: o acababa con esto pronto o se separaría, no iba a a perder a una hija y a un marido en pocos meses. Pero a José poco le importaba esto, él sólo quería vengar a su hija y que los que la habían matado pagaran por lo que habían hecho, a ellos y a muchas otras familias.

Y ahora había llegado ese momento. Tenía a Guevara en el suelo, indefenso y con un revólver apuntándole a la cabeza. No le iba a fallar el pulso, no se iba a arrepentir. Lo que se merecía ese hijo de puta era la muerte y eso es lo que él le daría. Apretó el percutor mientras miraba al asesino de su hijo a los ojos, no quería perderse como la bala le atravesaba el cráneo y la vida se le escapaba por el orificio.

El sonido del percutor golpeando la cámara vacía de bala explotó en su cabeza con más fuerza que una bomba nuclear. Miro el revólver, incrédulo, y volvió a apretar el gatillo seis veces más, todas con el mismo resultado, mientras una sonrisa se iba dibujando en el rostro de Guevara:

-Crees que uno llega a mi posición sin tenerlo todo controlado, José? - preguntó el narco.

Un rio de emociones se agolpó en el estómago de José. Rabia, indignación, pero sobretodo miedo y tristeza. Aquello que había planeado tan cuidadosamente y que le había llevado tanto tiempo y tantas discusiones con María se acababa de desvanecer como un castillo de naipes frente a un golpe de viento. Aquello que había sido el centro de su vida los últimos doce meses desaparecía delante de sus ojos incrédulos. Sólo le quedaba una opción: atacar como uno lobo acorralado.

Cogió el revolver por el cañón y lo tiró con toda la fuerza que tenía hacia Guevara. Este lo esquivó y vio como José se abalanzaba sobre él. Sin demasiado esfuerzo, Guevara consiguió zafarse del ataque e inmmobilizar al desesperado padre. Se sacó una navaja de la pernera, le levantó la cabeza para que el cuello fuera bien accesible y le susurró:

-Nadie ataca a Juan Guevara y se sale con la suya. Esto era demasiado grande para ti. Estoy impresionado con que hayas llegado hasta aquí pero los dos sabíamos que esto iba a acabar así, lo único que tú no querías aceptarlo. Ahora ya es demasiado tarde, idiota.

Y mientras José empezaba a llorar y a hacerse sus necesidades encima preso del miedo y la desesperación, Guevara la rebanó el cuello con un rápido movimiento.