Cuando escuchó el golpetazo en la puerta de su piso supo que era demasiado tarde para seguir ningún plan y que solo le quedaba la huida desesperada. Corrió hacia el final del comedor y salió a la terraza donde había la escalera de servicio. La bajó tan rápido como pudo. Dos escalones, tres escalones, un salto. Ya estaba a pie de calle y giró a la izquierda para coger Elm Street. Tenía que llegar a Bedford Hill, que a estas horas siempre estaba bastante llena de gente y podría perder a sus perseguidores. Corrió como si estuviera poseído por el diablo. Zancadas largas y poderosas, como le había enseñado Harris, su entrenador de atletismo de la escuela. Pobre Harris, si ahora lo viera metido en problemas con la mafia no estaría nada contento.
Apareció en Bedford Hill con la lengua fuera pero con la adrenalina corriéndole por la sangre como si se acabará de pinchar un buen pico. De esta se iba a salvar. Le costaría, más de lo normal, pero se saldría con la suya. Continuó corriendo, apartando a la gente que osaba meterse en su camino. No quedaba nada disimulado pero era mucho más efectivo para escapar. Sus perseguidores se acercaban poco a poco. Esta vez no le habían mandado a Fabio, el matón gordo y asqueroso que sudaba ríos. Ni tampoco a Alberto, el culturista guaperas que te podía arrancar la cabeza de un manotazo pero que tenía menos elasticidad que su abuela. No, esta vez le habían mandado a los hermanos Locatelli, los dos hijos de puta más retorcidos de toda la banda. Dos cabronazos que se cuidaban como si fueran deportistas profesionales y que no se andaban con rodeos. Si te pillaban, te mataban.
Por aquella calle no llegaría muy lejos sin que lo cogieran, así que decidió que intentaría callejear y giró por Rutherford. Se conocía el barrio al dedillo y aquello podría funcionar. Continuó corriendo como un loco. Los hermanos Locatelli se le habían acercado antes, pero ahora por las callejuelas iban más perdidos. Tenían que mirar en las esquinas por donde había girado y eso le daba unos segundos de oro para ganar distancia con ellos. Lo estaba consiguiendo.
Desembocó en Belleville Road mientras miraba para atrás para saber dónde estaban los hermanos. Esbozó una sonrisa de triunfo. Solo tenía que correr un poco más y llegaría a su escondite favorito, el jardín de la casa de Emma. “Eres bueno John, ¡joder! Siempre te acabas saliendo con la tuya. Por los pelos, pero lo vas a conseguir”, pensó mientras seguía corriendo.
No vio el saco de arena de las obras hasta que fue demasiado tarde y tropezó con él. Se trastabilló lo justo para no poder tomar la curva como era debido y siguió corriendo hacia adelante. La adrenalina no lo dejó pensar. Se debería haber tirado al suelo, pero no lo hizo. En cambio, apareció en el medio de la calle, totalmente desorientado y sin ver nada de lo que tenía a su alrededor. El conductor del autobús no lo vio venir hasta que fue demasiado tarde y lo tuvo justo delante, mirándole con los ojos fuera de sus órbitas, la boca muy abierta y un grito luchando desesperadamente por salir. Pero no dio tiempo ni a girar, ni a frenar, ni a gritar. El impacto fue brutal y lo envió a cinco metros de distancia con el parietal roto, masa encefálica asomando por el agujero y tres costillas ensartadas en su pulmón izquierdo.
Los hermanos Locatelli se imaginaron la escena al escuchar el impacto y los gritos de la gente, así que salieron del callejón andando tranquilamente. Se acercaron a la escena como si fueran un viandante más, pero con la intención de comprobar que el autobús había hecho el trabajo por ellos. Les jodía no haber sido ellos quienes hubieran acabado con la vida de John, pero por lo menos el jefe estaría contento. Siguieron caminando y se fueron al pub de la esquina a celebrar otro buen trabajo acabado. Una crucecita más en su lista macabra de asesinatos.