[{"content":"El inspector Gutiérrez entró en la habitación del crime con cara de más mala leche de lo habitual, y eso era mucho decir. Desde que se había divorciado, su humor se había agriado como un plato de lentejas que dejas en la nevera pensando que te lo comerás mañana pero que al cabo de una semana todavía está ahí. Como no tenía tiempo (ni ganas) de ir de discotecas a intentar ligar, se había instalado una de esas aplicaciones que ahora utiliza la gente para conocer a alguien, ya sea para empezar una relación, o ya sea para echar un polvo, que de eso también iba falto y no le vendría nada mal. O al menos eso pensaba el resto de almas de la comisaría.\nY en una de esas lo había interrumpido una llamada desde la central. Justo ahora que había encontrado una mujer con la que empezaba a coquetear y la conversación estaba subiendo de tono, el comisario Fernández le llamaba para que se personase inmediatamente en la calle Balmes 156, ya que tenía que encargarse de un asunto urgente. Siempre que el comisario hablaba de \u0026ldquo;asunto urgente\u0026rdquo; quería decir que alguien había muerto, y que ese alguien era importante y con mucha pasta y contactos, así que se subió los calzoncillos, se puso los pantalones y salió a toda hostia por la puerta. Por suerte, a aquellas horas de la noche la ciudad estaba vacía y no le costaría mucho llegar.\nDespués de saludar de mala gana a sus subordinados y preguntar qué había pasado allí, empezó a observar con detenimiento la escena del crimen. El cadáver estaba tirado en el suelo en una posición antinatural, con medio cuerpo todavía en el sofá de tres plazas que dominaba la sala de estar, y el otro medio en el suelo. Había una mancha enorme de sangre que cubría gran parte del reposabrazos derecho y se extendía por los cojines para acabar, gota a gota, en el suelo junto al cuerpo. No había signos de lucha más allá de la mesita ligeramente desplazada y uno de los jarrones de decoración que estaban encima de ella caído. Quien había hecho esto lo había hecho rápido.\nNo se apreciaban huellas a simple vista, aunque la gente de la científica tendría que hacer su trabajo y buscar algo a conciencia. Él apostaba que no encontrarían nada, no porque fueran malos (eran los mejores de todo el país) sino porque esto parecía hecho por un profesional.\nSiguió dando un paseo por toda la casa. Era un dúplex de lujo en una de las calles más caras de toda Barcelona. Tenía cinco habitaciones, tres individuales y dos dobles. Una de las individuales estaba ocupada por un pequeño gimnasio con aparatos que ya les gustaría tener a muchos establecimientos del sector, y otra por un despacho presidido por una amplia mesa con un portátil de última generación y una pantalla de 32 pulgadas widescreen encima. En el piso de arriba, una pequeña cocina-salón daba salida a una generosa terraza con unas vistas espectaculares sobre la ciudad. Sofás y tumbonas modernos y una iluminación delicada le daban aquél encanto a espacio reservado que tanto le gustaba al inspector. Todo el piso parecía estar inmaculado, como si allí no viviera realmente nadie, o al menos nadie con unos hábitos mínimamente comparables a los suyos. Se imaginaba viviendo en esa casa y podía visualizar tranquilamente un mueble-bar en esa terraza, lleno de cervezas artesanales y todo lo necesario para servirse su gin-tonic preferido: tónica Fever Tree y ginebra Sipsmith V.J.OP.\nVolvió a la escena del crimen para observarla con más detenimiento. Era un salón enorme, de unos setenta u ochenta metros cuadrados, que estaba funcionalmente partido en dos. Una parte era el comedor, con una gran mesa de madera de Iroko donde podían comer tranquilamente 8 personas. Ahora estaba vacía, solo decorada por un jarrón sencillo con un ramo de rosas dentro. Detrás de la mesa había un aparador con la vajilla y la cubertería y algunos elementos de decoración, como pequeñas estatuas y litografías. También había algún libro antiguo, que por el aspecto que tenía debía costar mucho más de lo que cobraba él en un año. Se fijó que no había ninguna foto. Ni una.\nLa otra parte era el salón propiamente dicho. Tenía dos sofás de tres plazas encajonando una mesa baja de madera y hierro. Encima de la mesa, el jarrón que se había caído y un plato de decoración con unas piedras de colores dentro. Al fondo, una gran televisión apagada y un equipo de alta fidelidad de alta gama. Eso sí, no pudo encontrar ni un solo disco o CD. \u0026ldquo;Esta casa parece un picadero de la jet set\u0026rdquo;, le dijo al subinspector Martínez.\nAl fin se fijó en el cadáver. En los asesinatos, la gente le da demasiada importancia al muerto. Obviamente es la parte central de la escena y el que ha salido peor parado de todo esto, pero hay muchos hechos importantes que no están relacionados directamente con él. A parte, el asesino pone su atención en ocultar todos los detalles que pueda en el cuerpo, pero le suele prestar mucha menos atención al resto de la vivienda. Es por eso que Gutiérrez, perro viejo él, rastrea primero toda la escena del crimen antes que al difunto. Los jóvenes del cuerpo lo tachan de maniático por eso, pero nada más lejos de la realidad.\nEl fallecido no presentaba signos de lucha por ninguna parte del cuerpo. Tenía un corte en el cuello, que le rebanó la tráquea y la carótida, que tenía su inicio en la parte izquierda, muy cerca del músculo esternocleidomastoideo, cosa que indicaba que el asesino era diestro. La muerte le debió llegar en pocos segundos, los necesarios para intentar soltarse de las garras del asesino, mover la mesa y tirar el jarrón. Poco más había podido hacer. El homicida había sido cuidadoso en no mancharse de sangre, o al menos que no quedara visible, y en no dejar el arma, presumiblemente un cuchillo bien afilado, en la casa. Lo más curioso es que ninguna puerta parecía haber sido forzada, así que o el asesino era Superman y había entrado por la terraza, o era alguien conocido que tenía una copia de las llaves.\n— Martínez, que entren los de la científica y hagan su magia, aunque me huelo que no van a encontrar nada. Quiero una lista de todos los familiares y amigos de la víctima, y quiero saber qué hizo ayer, y qué coño hacía en este piso. Habla con los vecinos por si han visto u oído algo y con el personal de limpieza y seguridad del edificio. E intenta descansar un poco, que nos espera un día intenso lleno de interrogatorios.\nEl inspector Gutiérrez miró el reloj y decidió que ya no iría a casa hasta acabar su jornada, así que se puso su chaqueta y bajó a la calle dispuesto a encontrar una cafetería donde sirvieran un café bien cargado. Se tomaría tres.\n","permalink":"https://relats.vgaltes.com/posts/muerte-en-balmes/","summary":"El inspector Gutiérrez entró en la habitación del crime con cara de más mala leche de lo habitual, y eso era mucho decir. Desde que se había divorciado, su humor se había agriado como un plato de lentejas que dejas en la nevera pensando que te lo comerás mañana pero que al cabo de una semana todavía está ahí. Como no tenía tiempo (ni ganas) de ir de discotecas a intentar ligar, se había instalado una de esas aplicaciones que ahora utiliza la gente para conocer a alguien, ya sea para empezar una relación, o ya sea para echar un polvo, que de eso también iba falto y no le vendría nada mal.","title":"Muerte en Balmes"}]